Unamuno y Chile

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      Muy pocos son los que conocen el especial atractivo que Chile ejerció en Miguel de Unamuno y la calidad y cantidad de información que reunió sobre nuestro país en la Universidad de Salamanca donde fue rector durante  las primeras décadas del siglo XX. Más allá de ello, su labor periodística y literaria influyó no poco en la generación de jóvenes escritores chilenos de los años 20 y los juicios que vertió en sus escritos sobre Chile, el carácter de su pueblo, su historia y literatura fueron numerosos, levantando ácidas polémicas que lo mantuvieron en un primer plano noticioso.

      El interés y atracción  de Unamuno por Chile surgió en él desde muy joven. En su adolescencia tuvo la oportunidad de leer La Araucana de Alonso de Ercilla, lectura que aparte de informarlo someramente sobre la geografía chilena y del carácter de su pueblo aborigen, le ayudó a apreciar  su naciente historia. “Esa noble nación –le escribió a Luis Ross en 1905- es uno de los países que más me interesan y al que me siento más atraído. Esto no es un cumplimiento retórico…Aprendí a estimarlo  en la lectura de mi paisano Ercilla, hombre nobilísimo pero bronco y nada poético cronista en verso, y luego me ha sorprendido siempre el gran parecido que noto entre cuanto de ahí me llega y cuanto precede de mi país vasco.”

      Más adelante, en uno de sus primeros juicios públicos sobre Chile, aclaraba más su pensamiento diciendo: “Me ha interesado mucho la República de Chile por ser aquella sobre la cual he oído las más contradictorias apreciaciones, por llevar una vida más cerrada en sí , comunicándose con nosotros menos áun que las demás repúblicas americanas de lengua española, por parecerme la de más carácter propio , y sobre todo, por haber oido asegurar repetidas veces que es Chile la nación hispanoamericana en que más predomina el elemento de origen vasco y en que más se ha dejado notar su influencia.”

Este hecho no dejaba de tener importancia para un vasco como él, quien declaraba orgullosamente que los era “por todos los treinta y dos costados, sin gota de sangre que yo sepa, de otra raza y más enamorado que nadie de mi país y de mi casta.” Preocupado, como era natural, de la sicología y de la historia de su propio pueblo, no podía dejarle de llamar la atención “un país en que aquél pudo desarrollarse libremente y dar libre juego, en la vida pública, a sus cualidades buenas y malas.” Chile se le presentaba como “un curioso experimento histórico” y en ese sentido, de una gran fascinación.

      A juicio de Unamuno, Chile era un país “políticamente centralizado, con un poder ejecutivo predominante, con una clase dirigente emanada de la aristocracia de raza y fortuna territorial; socialmente un pueblo amigo del orden y sometido a la autoridad legal, con fuerte estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un patriotismo exagerado, casi español, práctico por el espíritu y la conducta, probo y severo en su administración, con horizontes intelectuales proporcionales a los materiales, concienzudo, laborioso, perseverante; económico, primero por necesidad, luego por hábito. En suma, una nación más intrínsicamente completa que sus hermanas del continente, es decir que ya ha pasado por ella el período de mayor crecimiento, predestinada por su organización y fibra viril a ser vencedora de su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano, era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era la presa. Un pueblo de tanta sensatez relativa, sin embargo, que contempla él mismo y confiesa ya la influencia perniciosa de la conquista y que, prudente en los límites del honor nacional parece sincera y verdaderamente curado de nuevas veleidades invasoras.”

Han pasado más de cien años de este juicio y cabe preguntarse si algunos de esos rasgos siguen estando presente entre nosotros.

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