La “primera pata” de la Segunda Vuelta.

Patricia Arancibia Clavel.
Directora Centro Investigación y Documentación (CIDOC)
Universidad  Finis Terrae

      Con las últimas elecciones presidenciales del presente siglo, se han presentado dos importantes novedades que representan un hito en la historia política chilena:  las primarias y la segunda vuelta. De las primeras ya se habló en su momento. Nos interesa ahora detenernos en el tema de la segunda vuelta. Si bien algunos han criticado este nuevo mecanismo por los altos costos que le significan al Estado, en general existe un amplio consenso en torno a su gran efectividad.  Esto porque al permitir que sea la ciudadanía quien elija al Primer Mandatario en forma directa y por mayoría absoluta, impide -como sucedió varias veces en nuestra historia- que una minoría imponga en sus términos al presidente electo a través del Congreso, fortaleciendo así el sistema democrático.

      Curiosamente, fue la Constitución del 80, tan duramente denostada como antidemocrática por ciertos sectores de la Concertación y todavía hoy por el Partido Comunista, quien consagró este mecanismo por primera vez en nuestra  historia (art. 26).  La segunda vuelta otorga al presidente electo una legitimidad que no tuvieron varios mandatarios en nuestra historia reciente, dado que tanto la Constitución de 1833 (art.69) como la de 1925 (art.64) facultaban al Congreso para dirimir la contienda presidencial cuando ninguno de los candidatos lograba mayoría absoluta.

      En efecto, bajo ambas constituciones hubo varios casos donde intervino el Congreso para definir quien sería el futuro Presidente.  El hecho distorsionaba de alguna manera la soberanía popular, porque al momento de realizarse la elección el Congreso no era necesariamente representativo de la realidad política (cabe recordar que los parlamentarios se elegían en fecha distinta a la del Presidente).  También le otorgaba un tremendo poder a pequeñas agrupaciones partidarias con escasa relevancia a nivel nacional.

      Veamos algunos casos. Bajo la Constitución del 33, fueron pocos los presidentes que tuvieron que someterse al veredicto del Congreso: Federico Errázuriz E. (1896),  Juan Luis Sanfuentes (1915) y Arturo Alessandri P. (1920).  Sin duda, la más recordada y quizás la más trascendente de esas tres intervenciones,  fue la elección que llevó al “León” a La Moneda.  Después de una campaña muy violenta, el día de la votación las urnas arrojaron un resultado de 179 electores a favor de Alessandri, contra 175 para Luis Barros Borgoño. (No olvidemos que la Carta del 33 consultaba elecciones presidenciales indirectas).  Como el gobierno escondió torpemente los resultados, Alessandri -apoyado por la Alianza Liberal- inició agitadas manifestaciones callejeras para ejercer presión sobre el Ejecutivo y el Congreso.  Esto ante el temor de que los resultados fueran manipulados, en especial por el Parlamento donde reinaba su contraparte, la Unión Nacional. Luego de una serie de avatares las partes, al margen de la Constitución, acordaron formar un Tribunal de Honor en el cual el Congreso Pleno delegó sus facultades para decidir al ganador.  Finalmente, este Tribunal (no sin ayuda de los militares, en su mayoría alesandristas) dictaminó el triunfo de Alessandri, decisión que ratificó en forma definitiva y sin mayores trámites el Congreso.

      Bajo la Constitución del 25, también fueron tres los presidentes elegidos por el Congreso:  Gabriel Gonzalez Videla (1946),  Jorge Alessandri (1958) y Salvador Allende (1970).  En el caso de “Gabito”, apoyado por radicales y comunistas, la situación no dejó de ser polémica.  Sus contendores fueron dos hombres de derecha -Eduardo Cruz Coke, apoyado por los conservadores, y Fernando Alessandri, por los liberales- cuyos votos sumados (270.266) superaban ampliamente la votación de don Gabriel (191.351).  No obstante el Congreso, iniciando la costumbre de nombrar ganador al que obtenía la primera mayoría relativa, terminó por elegir a González Videla, quien para obtener la Primera Magistratura tuvo que negociar previamente con los liberales, parte de los socialistas y los falangistas. Clave en este asunto fue la votación de la Falange, que durante los meses previos a la elección demostró, como siempre, sus diferentes tendencias. Curiosamente, Tomic apoyaba al conservador Cruz Coke y tanto Frei como Leighton, a Gabriel Gónzalez.  La Junta Nacional del movimiento terminó respaldando a Cruz-Coke, aunque la prensa se burlaba de dicho apoyo, señalando que en los desfiles de Cruz-Coke la Falange desfilaba como “María Antonieta sin su cabeza”, aludiendo con ello a la ausencia de Frei M., Leighton y otros lideres importantes.  Sin embargo, cabe señalar que la Falange cerró filas después de la votación presidencial, pronunciándose a favor de González Videla. El odio a los conservadores pudo más que el amor a Cruz-Coke…

      Con Alessandri Rodriguez, en el 58, se hizo tradicional que el Congreso eligiera al más votado.  En esa ocasión -al igual que otros partidos chicos de ese momento- la Democracia Cristiana apoyó al “Paleta” sin exigencia alguna, permitiéndole assí llegar a La Moneda.

      La última vez que el Congreso enfrentó la disyuntiva de elegir al Presidente entre las dos primeras mayorías, fue en 1970.  En esa oportunidad, Allende  y Alessandri casi empataron (36.3% vs. 34.97%) . Para poder imponerse en el Congreso, ambos necesitaban los votos de los parlamentarios democrataristianos.  Estos últimos terminaron apoyando a Salvador Allende, previa firma de un Estatuto de Garantías Constitucionales. No obstante, es por todos sabido que dicho Estatuto no fue respetado, lo cual en definitiva provocó la crisis del año 73.

      Gracias a la Constitución del 80, hoy los chilenos no dependen del veredicto de los partidos políticos representados en el Congreso para elegir a quien será el futuro Presidente de Chile.  Hemos aprendido y madurado, otorgándole a cada ciudadano la libertad y la responsabilidad para elegir soberanamente y legitimar con su voto a la más importante de sus autoridades.

                                                                     

Santiago, Dic.1999.

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