A 30 años mediación papal (Ministerio RREE)

SEMINARIO 30 AÑOS MEDIACIÓN PAPAL
MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES
26 DE NOVIEMBRE 2008

Señor ministro, autoridades, estimados amigos:

En primer lugar, quiero agradecer a los organizadores de este seminario por invitarme a compartir este panel con tan destacadas personalidades como el obispo Tomás González, María Teresa Infante, Ernesto Videla y Joaquín Fermandois.

Como historiadora, una de mis preocupaciones de estos últimos años ha sido contribuir –en la medida de lo posible- al rescate de aquellos acontecimientos de nuestra historia reciente que por diversos motivos y circunstancias han tendido a ser ignorados u olvidados. Entre estos, se encuentra sin duda, el hecho cierto que durante el curso del año 1978 y siguientes, estuvimos al borde de la guerra con Argentina.

Mi primera aproximación al tema se remonta al mismo año 1978, cuando aún estaba en la Universidad y la revista Hoy realizó un reportaje sobre el Beagle. Era una de las pocas alumnas que tenía cierta sensibilidad frente al conflicto, quizás por provenir de una familia vinculada a las Fuerzas Armadas y haber observado que cuatro de mis hermanos –jóvenes oficiales de la Marina y el Ejército-habían sido destinados ese año al sur austral.

Pasó el tiempo y salvo en círculos muy reducidos, la casi guerra con Argentina no sólo no era tema de conversación ni de análisis, sino que simplemente no existía. La gran mayoría de los chilenos no tenía idea que habíamos estado en peligro, que miles de soldados habían sido movilizados y que había habido un día D: el 22 de diciembre de 1978. Sólo cuando en noviembre de 1984, tras una fatigosa negociación diplomática que gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II concluyó en el Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina, el fantasma de la guerra se diluyó y poco a poco los chilenos fuimos tomando conciencia de la gravedad de la situación a que habíamos estado expuestos.

Interesada en conocer mayores antecedentes históricos de aquel conflicto, en agosto del año 2001 organicé –como directora del Cidoc de la Universidad Finis Terrae – un seminario que titulado “La guerra que evitó Pinochet. Chile-Argentina 1978”, tuvo como invitados especiales a dos importantes miembros de las Fuerzas Armadas que, al momento del conflicto tenían bajo su mando la Escuadra chilena y el Teatro de Operaciones Austral. Me refiero al almirante Raúl López Silva y al general Nilo Floody Buxton, protagonistas claves a la hora de haber tenido que entrar en acción. Ese seminario fue todo un éxito. Era primera vez que estos jefes militares contaban su experiencia a un público amplio, relatando pormenores desconocidos de cómo junto a la Aviación y a Carabineros de Chile se habían preparado militarmente para defender nuestra soberanía.

De ahí a la idea de escribir un libro sólo había un paso. El primer desafío fue delimitar el tema. Si bien todas las Fuerzas Armadas de la época tuvieron una participación protagónica en la protección de nuestro territorio, nos pareció que la Marina –a través de su Escuadra- había jugado un rol fundamental ya que –según los planes argentinos- la declaración de guerra partiría con una invasión a las islas en litigio, o sea, la Picton, la Lennox y la Nueva, y que por tanto la acción bélica se desarrollaría preponderantemente en el mar.

El segundo desafío era lograr que los jefes, oficiales y tripulaciones de ese tiempo, nos entregaran sus testimonios. El tema era delicado y hasta ese entonces, un modesto silencio envolvía aquella experiencia vivida con emoción y fe en la victoria. Debo confesar aquí que no fue fácil que ellos hablaran. Nos ayudaron y mucho, los miembros del Caleuche, asociación de ex cadetes y oficiales de la Armada. Al final, primó en ellos su compromiso con la historia de Chile y la convicción de que ese acontecimiento singular – y ojalá irrepetible- significaría lecciones del más alto valor moral y patriótico para las futuras generaciones.

La “Escuadra en acción” – que escribí con la colaboración de Francisco Bulnes- lleva ya siete ediciones y su objetivo no fue otro que dar a conocer –sobre todo a la juventud- la tarea realizada por un puñado de valientes marinos que, haciendo honor a su sólida formación, enfrentaron con confianza y serenidad su deber de defender la amenazada integridad territorial chilena. Pero, falta aún mucho que narrar. Falta conocer la labor realizada por las otras ramas de la defensa; el trabajo abnegado y apoyo silencioso de civiles que pusieron a disposición del gobierno su tiempo, dinero y medios de transporte; falta adentrarse en los archivos de este Ministerio e investigar el rol que jugaron algunos países amigos en la desactivación de la crisis. Hay que seguir insistiendo en la necesidad de salir al rescate de nuestra memoria histórica y agradecer trabajos como los de Ernesto Videla, cuyo libro “La Desconocida Historia de la Mediación Papal,” es un verdadero aporte al conocimiento de ese período. Seminarios como éste, sin duda cooperan también a la socialización del tema y, espero que incentiven a muchos otros a divulgar sus experiencias. Pienso que hasta ahora, los esfuerzos por develar lo sucedido, son esfuerzos aislados y no dejo de preguntarme por qué.

Creo, en primer lugar, que el desconocimiento de lo que pasó en 1978 está vinculado de una u otra manera a un manejo claramente discreto que tuvo el gobierno de Pinochet para enfrentar la crisis. Mientras al otro lado de la cordillera, las movilizaciones, los discursos belicistas, los apagones, generaron todo un clima de efervescencia, acá en Chile hubo especial cuidado de mantener a la población ajena a los vientos de guerra. Esa decisión fue de Pinochet, más que de los demás miembros de la Junta y de los cuerpos de generales y almirantes. ¿Por qué? Porque él nunca quiso la guerra, la evitó a toda costa ya que como buen soldado que era, sabía de sus implicancias, que ésta no sólo sería larga y destructiva, sino que – como me dijo en Londres- nos costaría 100 años de retraso, en momentos que él buscaba afanosamente pasar a la historia como el gobernante que había sacado al país del sub-desarrollo. Pinochet –gran conocedor de la historia militar y específicamente de la guerra del Pacífico- tenía claro que más allá de las diferencias políticas, llegado el momento si se le atizaba el fuego, la población chilena –como pasó en 1879- se vería arrastrada a la lucha y lo haría hasta vencer o morir. De hecho, con mayor o menor entusiasmo, serenidad o resignación, todos sabíamos que, en la hora de las determinaciones heroicas, se apoyaría con todo al gobierno, superponiendo el interés nacional a las odiosidades y diferencias ideológicas. Se sabe que, en este punto, la posición de Eduardo Frei Montalva fue explícita y también –aunque sin documentación escrita que lo avale todavía- que se conformó en varios países de América Latina – y claro está que en Argentina- una red de inteligencia y apoyo a Chile integrada por grupos de exiliados.

Desde otra perspectiva, no deja de ser paradójico que fue gracias al éxito de la mediación papal que evitó definitivamente que la tormenta se desatara, lo que ha hecho olvidar el valor, la entereza y la valentía de quienes estuvieron con las armas en la mano defendiendo nuestro suelo. Si hubiera habido guerra, con todo el sufrimiento y desgracia que ella conlleva, nuestros soldados hoy serían héroes o mártires. Pero al parecer, la ingratitud es ley de vida. Hoy, que sabemos algo más sobre lo que pasó en esas jornadas cruciales, podemos intuir lo que se evitó y quizás por eso, estemos en mejores condiciones de rendir el homenaje que se merecen todos aquellos que hace treinta años velaron para mantener la paz. Los jóvenes, en esto y en otros asuntos de la historia reciente de nuestro país, tienen derecho a saber la verdad.

Muchas gracias. 

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